Cueca de un beso [ArgChiWeek]
Advertencia:
- Lenguaje un poco soez.
- Reto.
- Yaoi/Shonen-ai, relación chicoxchico.
- ArgChi, Latin Hetalia. Manuel y Martín.
- Los personajes pertenecen a sus respectivos dueños y/o creadores.
- Capítulo único.

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Manuel no dejaba de andar malhumorado, mirando mal a todo el mundo. Este día se suponía que era SU día, pero alguien se encargaba de arruinarlo. Bien, no tan así pero sí sacando protagonismo. Sus dedos inquietos golpeaban la mesa, rodando los ojos al ver a cierta persona que le caía mal ser el centro de atención; rodeado de minas y le miraban como si fuera oro puro.
¿Por qué lo veían así? Eso le picaba.
¿Por qué todos los ojos caían sobre aquel rubio a cual no veía un pelo de lindo? Sí, admitía que era rubio y tenía unos ojos verdes bastante lindo, pero era eso, sáquenle eso, ¿qué quedaba?
Una sonrisa compradora, un hombre alto y con lindo rostro. Maldita sea ese argentino.
¡Eso era una mentira! Que alguien le viera esa nariz, si se agachaba servía de sombra.
Bueno, sí era narizón, pero eso no le quitaba lo bonito. Puta que estaba bueno Martín.
¡Bah! Sólo llamaba la atención por ser rubio y de ojos claro, eso el chileno lo tenía más que claro, además estaba vestido como huaso (no era normal ver huaso rubios la verdad).
Manuel seguía sin querer reconocer que hasta él lo veía guapo.
Cuando la música paró, todos en la fonda fueron a comprar bebidas y cosas para comer. En eso, divisó a lo lejos cómo unas huasas todas sonrosadas miraban al extranjero (que vale aclarar que se hacía pasar por chileno). Unos celos saltó en la nación chilena, y no, no era por Tincho sino porque parecía el cumpleañero en vez de él.
—Nunca más invitaré a ese rucio a un cumpleaños mío —soltó en un bufido bajo, notando que el mencionado venía hacia él. Oh, genial. Vio la sonrisa triunfadora y burlona de siempre en ese argentino. Ya lo odiaba sin que le diga nada.
—¿Y qué onda vos? —le pregunta sentándose y mirando al chileno, haciendo que este sólo volteara el rostro y no dijera nada —. Ah, ya veo, seguro andás celoso que todas andan detrás de mí. Tranquilo, Manuel, hay suficiente Martín para vos--
—¡Cállate, mierda! Claro que no estoy celoso de vo', narigón culiao. Sólo que no me dejái' conquistar ninguna chinita porque le llamai' la atención —bramó molesto. ¿Celoso por Martín? Pamplinas —. Así que ve viendo si tu vuelo a Mendoza va llegando, así te largái' de aquí —suspiró y dejó su sombrero en la mesa.
Martín miró a Manuel, ¿conquistar una chinita? Claro y él era heterosexual. Esa nadie se la creía, no se chupaba el dedo. Aunque igual eso al rubio le puso un poquitín celoso, más que nada porque su vecino lo quería espantar ya. Quizás se chapaba alguna. No era novio para quejarse pero igual, lo que él veía suyo lo cuidaba y celoseaba.
—Andá, qué vas a conquistar, sos un queso en todo. Seguro que encarás una mina todo sonrojado, dejá esto para lo que sabemos —de paso trataba de darle celos en lo que le hablaba, además de burlarse de él. Manuel no era un conquistador ni de cerca a su vista y estaba seguro que ni podía hablar sin que la lengua se le trabara.
—Vo' no me conocí' bien, no hables de boca de ganso, ahora voy y me ganó una huasa —se paró. Estaba dispuesto a ir por la primera que se le cruzara, sólo para demostrar que él sí sabía conquistar. Este chileno era otro en su cumpleaños y eso iban a ver.
Pero cuando estaba por ir en busca de una, sintió una mano tomar del brazo. Miró girando la cabeza y era su vecino, ¿qué demonios quería? No sabía, pero se lo preguntó, no recibiendo respuesta alguna. Volvió a preguntar y sólo vio esa sonrisa que odiaba en el rubio, y cuando iba a soltar una puteada, al fin abrió la boca.
—Mirá, la posta no te creo un sorete, pero apostemos —el chileno al escucharlo quedó intrigado —. Hoy yo voy a ser tu chinita, si me podés conquistar a mí, te hago un asado de la puta madre con la mejor carne argentina —Manuel quedó impactado, ¿qué mierda? Martín era hombre, le iban a mirar raro y quizás hasta lo linchen.
—No seai' aweonao, nos van a---
No pudo terminar ya que el contrario le interrumpió.
—Sos una gallina, sabía que no ibas a poder —esa sonrisa ladina se hacía presente en los labios del transandino.
Ya Manuel sabía que era inútil un no. En ese sentido prefería que lo sacaran corriendo por bailar a que el argento siguiera con su burla hasta el fin de su vida. Sin más, con toda la rabia del mundo, lo tomó del brazo y se lo llevó al escenario. Le dijo el rubio que se quedara ahí y que hiciera bien el papel de mujer, lo que la nación argentina le dijo que él era el maestro del disfraz. No le cachó mucho pero prefirió hacer como sí. Fue con el musicalizador, le pidió un tema especial. La verdad que si lo pensaba, la canción le quedaba al rubio a pesar que no tenía un interés en él.
Deja de mentirte, Manuel.
El chileno se puso en su posición, notando que el argentino también. Lo vio y sintió algo raro, porque la mirada de su compañero de baile estaba llena de inocencia, recordándole a alguien. Manuel sonrió y negó un poco, tanto recuerdo se le vinieron de una.
"Déjame que te llame
la consentida"
la consentida"
Ahí Manuel se puso en su papel, empezando a zapatear y escuchando como las espuelas chocaban contra el suelo. No miró a nadie, sólo a quien tendía adelante, sorprendido que no se haya puesto zapatear también sabiendo que era uno de los mejores. Lo vio, bien puesto en su personaje de huasa, bailando bien y moviendo el pañuelo. Observó cómo fingía tener una falda y que la moviera con cierta gracia. Al ver eso, se le vino en mente cierta niña rubia con dos trencitas que ayudaba a limpiar en la casa cuando eran colonia españolas. Esa niña había sido su primer amor y siempre le tenía un cariño inmenso cuando volvía en su mente.
"...porque todo consigues mi vida,
con tus porfías
porque todo consigues mi vida,
con tus porfías..."
con tus porfías
porque todo consigues mi vida,
con tus porfías..."
Ambos siguieron en el bailoteo, moviendo sus pañuelos y dando vuelta por todo el escenario. El castaño no podía creer qué bien hacía lo suyo el rubio. Siguió correteándolo, zapateando para él por cómo nunca lo hizo con otras. Esto le gustaba tanto.
"Primero tu cariño,
mi idolatría,
y después, mi pasión, mi vida
de noche y día
Déjame que te llame mi vida
la consentida"
mi idolatría,
y después, mi pasión, mi vida
de noche y día
Déjame que te llame mi vida
la consentida"
Ambos quedaron enfrentados, así que Manuel seguía en lo suyo, sacando ese huaso interior con todo. Veía que el argentino movía con gracia su pañuelo, marcando un ocho con la muñeca.
"Eres la consentida mi vida'
amor de amores,
que todito te doy, mi vida
pa' que no llores
eres la consentida mi vida,
amor de amores"
amor de amores,
que todito te doy, mi vida
pa' que no llores
eres la consentida mi vida,
amor de amores"
Chile zapateó como nunca, gustándole la sonrisa inocente que le sacaba el argentino. Era la primera vez que lo veía así. Porque cuando lo conoció siendo Provincias Unidas ya era un agrandado de aquellos con esa sonrisa que tanto odiaba.
"Pa' que no llores, sí,
yo te lo digo
donde quiera que vayas mi vida,
yo iré contigo"
yo te lo digo
donde quiera que vayas mi vida,
yo iré contigo"
La cercanía en ambos era bastante, aunque ninguno de los dos se dio cuento. Siguieron bailando, mirándose intensamente con una sonrisa que mostraba felicidad que nunca antes se mostraron. Manuel sentía que ese cumpleaños que era una absoluta mierda, estaba pasando ser uno de los mejores. Además que se había dado cuenta de algo.
"Eres la consentida mi vida,
de noche y día."
de noche y día."
Los pañuelos quedaron en el hombro de cada uno, con la música ya terminada. Se miraron con una sonrisa hermosa dedicada a ambos. El más alto se puso demasiado cerca del rostro del menor, justo en ese momento la luz se fue. El más bajo aprovechó eso para darle un beso, actuando por sus propias emociones que siempre reprimía. No era el primer beso que se daban, pero sí el que el chileno daba por su cuenta. Al volver la luz, ambos ya estaban alejados, mirándose con una sonrisa cómplice.
Manuel vio que el argentino le lanzó un beso y éste negó con la cabeza, sólo moviendo los labios diciendo un "eras tú". Se sentía tonto, pero qué iba a saber que esa niña tan delicada, era ese hombre alto y fortachón que tenía enfrente.
—Che, chilenito, no sé qué mierda me querés decir, pero corramos antes que nos caguen a palo —le tomó de la mano saliendo de ahí.
Ambos caminaron y notaron como todos lo miraba como bichos raros. Salieron tratando de pasar piola del lugar, aunque eso era casi imposible. Ya con un pie afuera, ambos tuvieron en paz, aunque se soltaron al darse cuenta que estaban así.
—Oe, ¿por qué nunca me dijiste que eras esa niña que limpiaba cuando Toño se iba? Las trencita sí te quedaban bien—preguntó mientras caminaban.
—¿Qué? ¿Qué nena? —se puso a pensar y creyó entender lo que le dijo al recordar que Antonio a él no le había cortado el pelo sino le hacía dos trencitas —. ¿Pensabas que era una nena? No me digas que todo este tiempo vos... —le miró mal —. ¿Pensabas que era una nena? Y 'perá acá, ¿encima pensaste que era dos persona diferente? Que sos pelotudo, chileno —dio un bufido algo enojado.
—¡Oye! Yo que iba a saber que erai' esa niña. Que yo recordara era bonita, piel blanquita y delicada, en cambio vo' erí un gordo narigón que sirve pa' dar sombra en verano —en estos momento no sabía si era una defensa eso o una burla.
—¡Yo no soy ni gordo ni narigón, enano de mierda!
—¿A quién le decí' enano?
Y ahí, como siempre volvieron a pelear. Era parte de ellos. De igual manera, el chileno andaba contento, tenía un asado gratis.
Fin.
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