Cómo en Navidad

Advertencia:

  • Romance.
  • Los personajes pertenecen a sus respectivos dueños.
  • ChiNyo!Arg, Martina Hernández, Manuel González. Latin Hetalia
  • Hetero.
  • AU, Alternative Universe. UA, Universo alterno.
  • Bocabularía un poco soez.
  • Capítulo único.
  • Ligeras insinuaciones.

Léelo también en Wattpad
Leelo en watppad también.


 Ahí estaba en el negocio, toda roja por el calor, con un rodete en la cabeza y dos bolsas pesadísimas. Una rubia haciendo las compras para festejar su primera noche buena en la casa de sus suegros. Estaba completamente nerviosa, sabía que ellos la conocían desde chiquita, era en cierto modo “su vecina”, pero casi no tenía relación con ellos si ella visitaba ese lugar nada más para pasar a la navidad ahí, después se iría a su provincia natal a vivir como siempre. Estaba pensando en tanto, tenía miedo de tantas cosas, sabía los rumores de ella en el barrio y siempre le dio miedo que todo afectara la visión de sus suegros de ella. Suspiraba nerviosa, es que también se odiaba un poco por todo ese ida y vuelta que tuvieron desde que se conocieron con su pareja. Le hubiese gustado haber podido formalizar desde el principio aunque fueran chicos. 


Estaba tan perdida en sus sentimientos, que no sabía qué pensar ya la rubia. Solo quería una cena tranquila con sus suegros, poder conversar con ellos y que todo quedara bonito. Esperaba que fuera fácil. Aunque estando tanto en sus pensamientos, escuchó como querían llamar su atención. Recordando que ya estaba en la caja. 


—Señora, ¿paga con tarjeta o efectivo? —volvió a preguntar insistente, estando ya bastante cansada la cajera por ser hoy un día tan cargado por las compras navideñas. 


—Perdón, efectivo —dijo sacando varios billetes, viendo el ticket y mirando lo que tenía que pagar, abriendo los ojos y para sus adentros diciendo “Epa, qué rompimos”. Solo esperó el vuelto y salió del lugar, dirigiéndose ya para su casa porque ya tenía todo para cocinar. 


Fue caminando y sentía su frente toda transpirada, las bolas pesaban como mil ladrillos y todo porque le dijo a Manuel que se iba hacer cargo de las compras ella sola. 


A veces odiaba ser tan orgullosa, pero le pesaba más cuando su novio le hacía chiste con sus brazos que eran tan delgados como una pluma. Al llegar a su casa, dejó todo en la mesa y se tiró en el sillón a descansar un poco, escuchando el sonido de la lluvia del baño, sonriendo un poco coqueta queriendo ir para allá y verlo a él. Pero no le quedó otra más que aguantar porque no quería tardar más por andar mimosos ambos. 


Ya con un suspiro, sacó y acomodó todo. Iba a preparar esa comida chilena que tanto le gustaba a sus suegros, ya que eran oriundo de allí. Se iba a esforzar lo más posible, aunque igual Manuel quedó en que iba hacer un asado nada más, pero ella caprichosa no iba a querer desaprovechar una oportunidad para impresionarlo. Aunque para sus adentros, ella quería preparar toda esa comida que su mamá y su abuela preparaba, pero pensaba que sería para la próxima. 


Se puso a hacer ese famoso Merkel, que ella había probado por primera vez y un poco la había hecho llorar, pero sabía que ellos comían como si nada. Se puso manos a la obra, estando concentrada, sin prestar atención a nada más que a toda esa comida que quería hacer. Aunque pegó un saltito al sentir que unos brazos húmedos rodeándola, sintiendo un poquito de calor en las mejillas por lo sorpresivo. 


—Martina, te dije que no era necesario hacer tanto, solo vamos a ser mis padres y nosotros, mis hermanos están en Chile —dijo besando la mejilla de ella, para después mirarla a los ojos. 


La rubia siempre se quedaba encandilada al verlo a él, estaba tan enamorada, como aquella vez que lo vio. Sonreía como una niña boba al recordar cómo aquel niño de ojos pardos iluminados por las luces de los juegos artificiales, llorando porque un cohete había explotado en su pie. Esa vez había sentido la inmensa necesidad de abrazarlo, no sabía por qué, pero con él había sentido ese sentimiento tan fuerte. Y eso fue raro, porque apenas tenía diez años, nunca en su vida había experimentado algo así con alguien que no fuera de su entorno familiar. 


—Rucia, como que estás paspando mosca —dijo el castaño para despertarla de su transe. 


Ella sacudió la cabeza y solo se rió, le dio un besito en los labios y después se separó de él. 


—Me gusta cuando se te escapa ese acentito de tus papás —sonrió y no apartó la mirada de él.



Estaba completamente rendida, ella nunca había experimentado tanto deseo en una persona, si se ponía a pensar en sus anteriores novios, ninguno jamás iba a poder aunque sea un poco encender esa chispa —. Como que me andás provocando, andando así en bolas en casa, ¿querés algo antes de ir a los de tus viejos? —se acercó ahora otra vez y lo besó con un poco más de pasión. 


El joven no dudó en tomarla de la cintura, queriendo tenerla pegada a ella, pero odiaba sentir cómo le raspaba esa musculosa que tenía ella. Se separó y sólo con una sonrisa negó con la cabeza. No porque no quisiera, claro estaba, sino porque no quería atrasar y llegar tardísimo a la casa de sus padres.  


—Bueno, entonces andá vestirte, no podés andar en toallón así como si nada si después no me vas a dar nada —bromeó y volvió a la cocina, terminando de preparar todo lo que tenía. 


Ya cuando terminó, se tiró en el sillón otra vez, suspirando. Agradecía a pesar de todo lo transpirada que estaba, que el clima no fuera tan bravo como suele ser en estas fechas, con calores insoportable, estaba agradable y se podía aguantar, así que agradecía no estar tan pegajosa.  


—Martina, andá a bañarte, apestás —rió Manuel y le tiró su salida de baño y se metió corriendo a la habitación de ambos. 


La rubia no se lo había tomado del todo bien la broma, ella estaba toda así por ir a comprar, yendo y viniendo, caminando, llevando bolsas pesadas de carnes y verduras. Iba a pegar el grito, pero prefirió irse a bañar, relajar esos músculos.  Fue al baño, se desnudó y se metió a la ducha, encendiendo el agua y regularizando a su gusto. 


Sintió esa tensión del principio en su piel, pero después se relajó por completo. 


No dejó de pensar mientras se bañaba y entraba a recordar esa noche que había conocido a él. 


Manuel era dos años menor que ella, y era un niño que se veía callado siempre, ella lo veía desde su quinta siempre, era el más chiquito por lo que notaba de sus hermanos y su casa era bastante humilde. Siempre que se sentaba en las escaleras, lo notaba jugando solo con los juguetes y lloraba cuando llegaba otro niño. A veces quería invitarlo a pasar, poder jugar en ellos, ella tenía muchos juguetes, no le importaba compartirlos. Además, que siempre en la quinta quedaban aún que otro juguete de sus hermanos más grande, así que podrían jugar a lo que sea.  


Ella nunca supo entender por qué le llamaba la atención siempre, cada vez que venía a festejar las fiestas en la quinta de sus familiares, siempre miraba para al frente y quedaba embobada. Era un sentimiento que afloraba.  


Ese día que había podido verlo de cerca, sin ninguna distancia, había sido imposible dejar de pensar en ese niño. Siempre que se volvía a su Misiones, pensaba en él, en esos ojos llorosos, en que de un momento a otro lo había querido abrazar y consolar. Pero no supo cómo actuar, era una niña después de todo, ¿no?  


Ya para el año siguiente, se había sentido ansiosa de ir a Buenos Aires, querer ver si podía estar en esa cercanía otra vez, quizás esta vez ¿abrazarlo? No sabía si era mucho, pero ella siempre abrazaba todos, a sus maestros, sus papás, sus compañeros, a todos. Era cariñosa, muy demostrativa y todos la adoraban. ¿Él la llegaría adorar? 


—Ya, Martina, salte, te vai acabar todo el agua —dijo golpeando la puerta del baño el joven. 


La rubia sólo suspiraba, y salió del baño. Se puso su bata y lo miró al castaño.  


Se puso un rato a pensar, ¿por qué hoy estaba tan en las nubes? No era normal eso en ella, era más, Manuel solía estar más en la nube. ¿Se habían invertido los papeles acaso? No supo qué decir, y sólo fue al cuarto a cambiarse, se secó tranquila y buscó ese vestido que había comprado para pasar navidad.  


Sonrió al verlo, era sencillo, no quería nada extravagante, sólo un vestido para disfrutar con su familia. Así que era un vestido campana celeste, que resaltaba muy bien su figura y sus ojos color verdes. Para el cabello únicamente optó por plancharlo, y después solo se puso un poco de labial. No quería ir como si fuera a un bar o algo así, sabía bien que sus suegros eran un poco reservados por decirlo de alguna manera. Así que no quería incomodarlos. 


—Pero qué hermosa esta rubia —dijo sonriendo el castaño al entrar a la pieza, dándole una vuelta y mirándola totalmente enamorado —. Así que andás queriendo enamorar, eh, mirá que soy difícil —dijo y le dio un piquito. 


Ella solo sonreía, le tomó de los dos cachetes y llenó de piquitos a su novio. Quería estar así siempre, poder verle esos ojos pardos felices y que ella fuera esa fuente de felicidad. Su corazoncito se llenaría de una alegría inmensa. Quería ser parte de él para lo que le restara de vida y sabía que quizás fuera una exageración romanticona. Pero ella lo sentía así, no concebía otra vez no estar cerca de él. Aun se lamentaba esos años en donde su indecisión había hecho daño ese intento de relación en el pasado, y de sólo pensar tener a Manuel lejos otra vez de su vida, le rompía cada centímetro de su piel. 


No, no podía entender ese amor que sentía, tampoco buscaba entenderlo. Sólo sabía que le gustaba sentirlo, que era algo que le llenaba cada parte de su ser.  


Volvió a verlo a los ojos y podía ver aún ese niño introvertido, el cual cuando quiso hablarle fue con la voz totalmente temblorosa.  


Podía recordar bien toda esa situación y en parte le incomodaba, no entendía por qué hoy estaba tan así. ¿Quizás se sentía culpable? Martina no podía sacarse a veces que seguro le rompió el corazón varias veces, que sus miedos y temores hizo pasarle mil y una al castaño. ¿Habrá llorado por su culpa?  


¿Por qué recordar eso ahora? 


Una voz masculina se escuchó en su mente y de pronto sintió cómo alguien le secaba las lágrimas. 


—Mi negra, no sé qué te pasa, pero hoy estás rara. ¿Segura que querí ir a los de mi viejo? Ellos van a entender, tranquila —la abrazó fuerte. 


Martina temblaba en sus brazos, no sabía en qué momento se había ido tanto en sus pensamientos. No entendía si era por el miedo de ver a sus suegros. 


Ella nunca supo cómo habían tomado ese tiempo que había estado con Manuel antes, sólo sabía que la hermana de él le había dicho de todo, y que muy a pesar le había dolido hasta el alma, le sirvió para darse cuenta que no era nada sano. 


¿Por qué recordar eso, mi clavel? 


Cuando escuchó eso, sintió ganas de romperse en llanto. ¿Justo hoy tenía que hacer toda esta escena? ¿Qué más iba arruinar a Manuel? 


—Siéntate, Martu —la acompañó hasta la cama para que se sentara y mirarla a los ojos —. Vo’ sabí muy bien que soy medio aweonao para estas cosas, pero sé que algo te afecta mucho. ¿No quieres ir a los de mis viejos porque es cerca de la quinta? Tranquila, le diré que vengan aquí, pero tranquílizate —besó su frente —. Sé que has estado pensando en mil cosas, y que seguro no quieras decirme, pero sólo te diré una cosa: ahora me haces muy feliz, deja lo que tengas en esa cabecita afuera, yo te elegí a ti —le dio un beso suave y después se sentó a su lado para abrazarla y llenarla de besitos en la cabeza. 


Martina con eso pudo contenerse, lo miró y pudo sonreír. 


Se dio cuenta de lo nervioso que estaba él igual, si era cuando más le salía esa tonadita chilena.  


Lo tomó de la mano y se la besó, mirándolo a los ojos. Sabía que una parte de ella nunca se perdonaría por hacer pasar por estas cosas a Manuel, y no entendía bien por qué hoy le dio este rejunte de sentimientos (quizás, por como dijo Manuel, sea por volver a la quinta). 


Dio un suspiro y negó con la cabeza, ya basta de tantas cosas. Tenía que ser valiente. 


—Vamos, mis suegros me esperan —dijo sonriente, dándole un besito suave —. Perdón por todo amor, ando sensible, vaya a saber qué me pasa —rió un poco y trató de tranquilizarse. 


Se levantó y tomó la mano de él, para levanterse y de paso lavarse la cara.  


Se sintió un poco en paz ya, sentía que una parte de ella ya iba a poder enterrarla. Quería vivir a pleno con él, y le gustó además que este año hayan podido limar bien sus asperesas. Habían estado más unido que nunca y se sentía feliz de estar con él, ¿entonces por qué tanto miedo? Ya nada iba a poder separarlos, estaban juntos y Martina había descubierto que le encantaba estar de esta manera. Conviviendo con Manuel, cocinarse, dividirse las tareas del hogar, ayudarse con la universidad y el trabajo. ¿Qué más necesitarían ambos? Quizás un gato pensó, la verdad un gato le encantaría a ella. Después le hablaría.  


Fue hacia la cocina con él vio como había preparado todo para ya irse. Sonrió, y le dio un beso en la mejilla.  


El castaño le dijo que venía un remis a buscarlos y ya estaban listos para irse. Así que sólo esperaron que tocaran la bocina para ya irse. 


Martina miró a Manuel una vez más, sonriendo y observando cada detalle de él. Le acomodó un poco el cuello de su camisa blanca, para después dar un pequeño beso en los labios.  


Se escuchó a lo lejos como sonaba la bocina y ahí el castaño cargó las cosas para irse ya de una vez. Ella lo ayudó cargando unas bolsas, y subieron al automóvil. Indicaron la dirección y sólo restó esperar para llegar a destino.


Martina miraba por la ventanilla en el recorrido, sin prestar atención mucho, perdida otra vez entre tantas sensaciones y recuerdos.


Era algo recurrente hoy, y se hizo a la idea que iba hacer así.


Cerró los ojos y pudo ver otra vez ese niño lloroso delante de ella, pero esta vez no era porque se había lastimado con un cohete, sino que lloraba porque su mascota se había perdido.


Había pasado ya un año desde esa fiesta, y otra vez se lo encontraba en una situación similar; los ojos pardos iluminados por los fuegos artificiales. Pero esta vez no estaban con lágrimas por el dolor de una quemadura, sino se sentía la pena por no tener su perrito. La rubia quedó mirándolo, todavía no sabía descifrar bien qué era lo que le hacía sentir, pero era una sensación que provocaba dos cosas en ella.


Sin pensarlo más, sólo tomó la mano de él y le habló un poco alto por el ruido.


—¿Dónde viste tu perrito por última vez? —preguntó la niña de once años, queriendo ayudarlo. 


El niño solo hipaba, sin que se le entienda nada. Solo quería a su perrito y se notaba que lo amaba mucho. Lo quería a su lado, lo necesitaba. Por su parte la rubia lo único que instó, fue a ayudarlo a buscar al animal. Caminaba con él tomado de la mano, y llamaban a la mascota, esperando poder nl yoverla. Estuvieron así unos minutos caminando hasta que el niño emocionado, vio a su cachorrito escondido entre dos árboles.


La rubia al verlo así, sonrió, le gustó verlo ya sin esa carita de penita. Fueron hacia el animal y el niño lo alzó, estando feliz de poder tenerlo en sus brazos otra vez. Era un cachorrito panzón, de unos tres meses completamente blanco, asustado por los ruidos de los cohetes, pero se lo notaba un poco más calmo porque habían dejado de tirar cohetes que ya no se escuchaba casi.


—Martina, llegamos —escuchó de repente y la sacó de todos esos recuerdos.


UnLa rubia solo sonrió y abrió la puerta para bajar y ayudar a su novio a bajar las cosas.


Ya con todos los nervios a flor de piel, entró a la casa y vio como dos personas mayores le habrían la puerta para dejarlos entrar.


Martina otra vez está a hecha una bola de nervios, pero esta vez prefirió tragar un poco y disfrutar el momento. Notó que la miraban fijo, pero dejándolos pasar así se podían acomodar lo que trajeron. 


La rubia fue atinó después a saludarlos, queriendo entrar completamente y cuando al fin le dio un beso en ambas mejillas. Ahí sintió el ambiente menos denso, ya estaba más tranquilo.


Ahí en ese momento ya se pudo relajar y ayudó en acomodar todo a su pareja.


Hablaron un poco y ahí los papás de él, le dijeron que estaban feliz de que al fin estuvieran en pareja.


Eso le hizo latir el corazón en mil maneras, ¿entonces no la odiaban? ¿No había dicho su cuñada que la odiaban porque había estado con todo el mundo (según los rumores)?


Recordó que estuvo en boca de todo el mundo por haber salido con alguien del barrio y que todo el mundo la miraba mal porque decían que se volvía y seguro tenía un novio allá. Qué después de cortar con ese tipo, le dijeron de todo por tener otro novio rápido,  y ya para sus 18 años se quedó instalada en el barrio porque iba a estudiar en Buenos Aires, estando en ese ida y vuelta con Manu. 


Nunca había entendido bien por qué si ella solo venía para festejar navidad acá, todo el mundo hablaba de ella. Era algo que le inquietaba y que le incomodaba.


Una parte se enojaba con ella por salir con ese tipo que parecía que todo el mundo lo adoraba, porque cuando corto con él ahí fue que el barrio repartió mil rumores.


Y esa parte se enojaba, porque había salido con ese tipo únicamente porque se había puesto celosa de que Manuel tuviera novia. 


Podía recordar bien, ella ya tenía dieciséis. Venía mucho más seguido a Buenos Aires, venía en vacaciones de invierno y verano, le pedía ese capricho a su papá después de que esa fiesta donde había ayudado a buscar su perrito. Habían hablado un poco y ella le parecía tierno, lo había llevado hasta la casa de él y se despidieron. A la mañana siguiente, se despertó temprano y miró hacia la casa de al frente, notando que el niño de la frente estaba ahí otra vez jugando solo. Hizo una mueca y después un puchero, fue hablar con sus papás y le dieron permiso para ir. Sonrió y fue corriendo, llamándolo de la puerta.


Ella notó cómo él sonrió y sus cachetes gorditos se pusieron rojitos mientras iba hacia ella. Cargó a su perrito y le fue hablar hacia la puerta.


—Gracias por ayudarme a buscarlo —dijo emocionado, mirando a la rubia. 


El chico no evitó sonreír más al poder verla con la claridad de la luz del sol. Nunca había visto una niña tan bonita, con el pelo tan largo y rubio, y los ojos verdes que parecían una selva. 


—De nada —dijo sonriente, y miró con atención el patio —. Mis papás me dijeron que si querías venir a mi casa para poder jugar en la pileta —fue directa y consisa. Quería pasar tiempo con él.


El niño emocionado fue a preguntar a su mamá y ella salió al patio, viendo a la niña. Miró un poco desconfiada. Conocía a esa familia del frente, muchas veces su suegro iba a cuidar la quinta en el año para que cuando ellos llegarán para las fiestas la encontrarán ordenada.


Pero ¿por qué ahora quieren invitarlo? Era raro para ella, pero si Manuel quería, iría a hablar con ellos. Acompañó a ambos y ahí hablaron, dejando más tranquila a la madre. Diciéndole a su hijo que fuera por un pantalón para nadar.


Al niño le brillaron los ojos y fue por ropa para poder meterse, volviendo todo emocionado. La niña cuando lo vio se emocionó, le gustaba verlo feliz, era un sentimiento que la hacía sentir llena. Era raro. Pero le gustaba


Ya estando en la piscina se la pasaron jugando, los dos rieron mucho y se hablaron. Incluso sin darse cuenta, apenas se dijeron sus nombres al salir de la piscina. Eso a la rubia le dio gracia.


Después de estar jugando, ella lo abrazó de la nada. Eso que había ansiado más o menos de un año, le había hecho sentir las mejillas rojas. Pudo notar que él también estaba así, pero con una gran sonrisa, así que continuó con el abrazo.


—Martu, muy rico este Merkel —dijo su suegra probando la salsa.


La rubia justo salió de su transe y sonrió por eso, le encantaba.


Habló un buen rato con su suegra, de Manuel y cosas de él.


—Se lo ve tan feliz a Manu, la verdad que no da más de la felicidad —dijo sonriendo la señora a la rubia —. Estoy seguro que nunca pensó que iba a salir con la rucia del frente y ahora parece que se van hasta casar —eso la hizo sonrojar a la misionera —. Me acuerdo de chiquito que nunca había poder tener amigos porque lo cargaban con la tonada y se había vuelto muy cerrado —suspiraba al recordar la chilena.


Martina lo entendía, a ella le pasaba igual. Todo el mundo le preguntaba si era de un país limítrofes y a veces le soltaban alguna que otra cosa xenofogas. Era un poco difícil para ella, que solo venía de vez en cuando a Buenos Aires, no se quería  imaginar para él que vivía acá.


Sintió unos brazos rodearle el vientre y después unos labios en su mejilla, sonrió en seguida, sabiendo que era él y que siempre se ponía mimoso cuando había planeado algo. Soltó un «mmm», esperando saber qué sería lo que planeaba. Igual no le importó, porque le gustaba cuando andaba así.


—¿Y pa cuándo las wawas? —salió de la voz del papá de Manuel. 


Ambos se quedaron rojos, ¿Cómo que wawas? Eran jóvenes aún, bueno y a Martina apenas estaba unas materias de recibirse. Manuel estaba igual, pero ella era dos años mayor, ¿Quizás se lo decían por eso? Bueno, tampoco era que se llevarán mucho, y ella apenas tenía 25 años. No era tanto. Pensó que quizás con todo ese ida y vuelta, tal vez era muchos años de pareja, ¿Casi diez años? Wow, no se lo podía creer. Está bien que cuando tuvo de novia, ellos andaban en algo que ni nombre, pero sí se daban besitos recordaba. Se rió por eso.


—Guaguas, aún no, yo quiero disfrutar de mi polola. Un gordito me va hacerla compartila más entre la uni y el trabajo —dijo el castaño con la cejas fruncida y un poco molesto —. Le podemos ofrecer un perrito —bromeó, aunque una parte de él cuando dijeron lo de un hijo sintió que iba a salir el corazón disparado como una munición. Es que no podía dejar de pensar en que tendría los ojos más hermoso del mundo, o que podría tener el pelito como ella.


—Como dijo Manu, es pronto aún. Aunque seguro que en un momento se los damos —rió un poco y después miró a su novio, notando que su cara hervía ya.


—Más adelante —fue lo que dijo poco audible y con el rostro escondido en el cuello de ella.


La rubia se tentó un poco, sabía que igual era más que nada por vergonzoso que otra cosa. Si aún podía recordar ese primer beso que se dieron de chico, aunque claro, fue un «accidente». Él estaba rojisimo. Fue en esa navidad en la que ella ya tenía trece y él después de las brindar en su casa, fue corriendo a tirar cohetes. Y como la había visto sentada en la esquina sobre una gran piedra, la fue a saludar emocionado, desde el día que le había invitado a la piscina, no dejaba de ir con ella a hablar. Era la única que siempre le hacía sonreír y que le daba esa alegría a su corazoncito. Cuando quiso llegar, se tropezó, cayendo sobre ella. Quedó rojo y se miraron unos segundos. Tanto ella como él nunca había sentido el corazón latirles así, bueno, sí, cuando se abrazaban, pero ahora era diferente. En una acción torpe, ambos se dieron un beso, cortó, sencillo, apenas tocándose los labios pero suficiente para para sonreirse y después hacer como si nada.


—Bueno, mejor pongamos la mesa —dijo ya la señora, siendo que ya eran las diez de la noche en todo lo que habían tardado bastante en cocinar el asado.


Cenaron tranquilos, sintiendo la rubia que todo lo que había sufrido esta tarde había sido solo paranoia suya. Sus suegros por lo que veía la adoraban, y se ve que estaban muy feliz por la relación de ambos. Quizás igual alguna vez le habrán dicho de todo, pero eso no importaba. Ahora solo tenía que pensar en su novio, así que estaba con la cabeza en el hombro de él, sonriendo y bebiendo un poco de vino. 


—Aun me acuerdo cuando en una navidad te pedí ser mi novia, porque no quería que siguieras con ese tipo —le susurró de la nada en el oído —. Y hoy, estoy feliz de que después de luchar tanto, pueda tenerte así —le sonrió y besó su cabeza.


Ella solo lo miró enamorada. Casi diez años de noviazgo, recordando que Manuel hasta le importaba poco que tuviera novio. Se reía. Porque solo pensaba en él y siempre fue él. Si no hubiese sido una celosa de mierda, seguro habrían estado desde ese primer lugar juntos. Compartiendo tantas cosas.


Tomó sus manos por debajo de la mesa, sonriendo encantada a todo esto.


—Te amo —susurró y le dio un besito esquimal.


No sabía en qué momento ya los dos adultos estaban poniendo la mesa dulce, pero se rieron, dándose cuenta que faltaba pocos minutos para navidad.


Así que se rieron y ayudaron, esperando que ya se hicieran las 00.00. 


Se quedaron pegaditos hasta que escucharon la tele marcar la hora exacta de que ya era navidad. Ambos se besaron y se sonrieron. 


Brindaron y sonrieron. Se saludaron y ambos terminaron yendo afuera, queriendo ver el cielo iluminarse por todas esas luces de colores.


Miraron el cielo todo expectante. Siendo como esos niños que se veían siempre para navidad. Aunque esta vez, había una sorpresa.


—¿Te querés casar conmigo? —le dijo al oído.


Ella lo miró y sintió los ojos aguarde al ver que hasta el anillo había. No pensó que alguna vez le pidiera eso. Era más. Ella nunca pensó en casarse antes, pero ahora…


Ni lo dudó.


—Claro, boludo —dijo entre lágrimas y besó. Queriendo guardar este recuerdo para siempre.


Se sintió como esa niña que lo vio por primera vez. Pero esta vez, pudo abrazarlo sin tener ya más nada. 


Fin


Comentarios

Pink Hair Girl, Cute

Entradas más populares de este blog

Te voy a romper el orto

La leyenda del Hada y el Mago [ChiNyo!Arg]